Si bien es cierto que todos esperábamos una Final de Ida más virulenta, en términos generales respondió a las expectativas, máxime cuando se enfrentaron dos entidades con un gran conocimiento de sus virtudes, pero sobre todo sabedores que enfrente tenían a un indómito contendiente, que cualquier distracción la habría aprovechado a tope. Santos entendió perfectamente el juego y con quien se cruzaba, decidió darle más y mejor valor a defender sin la pelota, y le resultó. No renunció a atacar, es más, cada vez que se atrevió tuvo descomunal pegada sacudiendo, y en serio, los cimientos rayados.
Por su parte, Monterrey fue maniatado, sobre todo durante la primera mitad; en el segundo tiempo se aventuró más, pero no estuvo ni cerca de la lucidez mostrada en anteriores enfrentamientos. Aún así, nunca se le percibió alterado el pulso. Me gustó el choque, lo sentí como una partida de ajedrez entre Kasparov y Karpov, es decir, los más grandes exponentes, cada jugada, cada movimiento era milimétricamente juzgado y ejecutado, tal vez no me sacudió tanto las emociones ni los sentidos, pero sí la inteligencia. Pensar en, y durante un partido de futbol de esta manufactura, no lo hace cualquiera, y tanto santistas como regios lo procuraron.
Pasando a actuaciones individuales, la tuya, Marc Crosas, fue de las que más disfruté, en lo particular creí que la ausencia de tu socio, Juan Pablo Rodríguez, sería un mazazo para los tuyos, pero dado tu luminoso desempeño con y sin la pelota, no se notó su ausencia, en sendas ocasiones te tiraste a la banda y atrás como un defensor más, realizando pulcras coberturas, y con el balón siempre fuiste sensato en su entrega y circulación. Humberto Suazo, raro en ti, pero tuviste tres remates que, dada tu calidad, eran de trámite y casi los sacaste del estadio; aún así, en uno de tus días menos afortunados, en una de las jugadas clave del partido, el penalti que terminaste por convertir, volviste a exhibir tu picardía, te adelantaste una fracción de segundo a Felipe Baloy, provocando con toda malicia la pena máxima.
Lo tuyo, Oribe Peralta, ya raya en lo grosero, estás empeñado en cada día hacer goles de más compleja envergadura, la jugada y la definición que realizaste es sencillamente de un fuera de serie, y cuando todos creemos que ya no puedes ser más y mejor, te sacas de la manga una acción de mayor estética. Hace mucho tiempo no me agitaba con alguien como contigo, cada vez que la pelota se acerca a tus pies, el hecho de no saber qué nueva joya nos va a regalar, me resulta fascinante. La vuelta no podría haberse quedado en mejor situación, ya que por un lado Santos expuso que se puede sostener y soportar a un poderoso club como Monterrey; y del lado regio, sin jugar tan bien a la pelota, como en otras ocasiones, obtuvo un empate y no claudicó. Al final del día y alejado totalmente de cualquier filiación, como también distanciado de la profunda amargura del que caiga derrotado y de la furibunda alegría de quien salga victorioso en tan fastuosa contienda, yo sólo atinó a darle las gracias a ambas instituciones por su solvencia, categoría y empeño en hacer del futbol mexicano un sitio digno.
Estos dos notables equipos, junto con otras escasas y honorables excepciones, llevan años cargando y empujando la carreta para hacer un medio, un entorno y un deporte mejor; y lo más gratificante y valioso del asunto es que, sin duda, y más allá de quién gane y quién pierda, estoy cierto, lo seguirán haciendo indefinidamente. Así que disfrutemos de una de las Finales más salerosas, poderosas y atractivas, y ponderemos, sin temor alguno, la enorme grandeza tanto de Santos como de Monterrey.